N.A.S.A.L.

La Caída no tiene Lugar - Gwladys Alonzo

La caída no tiene lugar
Exposición Indivudual de Gwladys Alonzo del 4 de Junio hasta el 1 de Agusto 2026.

¿Qué hace patente la caída de un árbol en medio del bosque, o el desprendimiento de un peñasco en la montaña? ¿El estruendo que produce o la presencia de alguien ante el colapso? Espacio N.A.S.A.L. recibe, en medio de la neutralidad de sus muros, la más reciente muestra de Gwladys Alonzo. Piezas de diferente resolución, factura y tamaño que comparten esa suspensión de aquello que pareciera desplomarse —la espera ante la colisión que niega ciertas leyes de la física— y se contrapone a la desintegración y recomposición de los cuerpos en una lógica particular, en la que el vértigo —y si se quiere la angustia— no desaparece. Materia y vacío, ligereza y gravedad, hacen parte de las paradojas que propone Alonzo en un conjunto que, de forma contundente y por momentos enigmática, establecen vínculos profundos y sutiles en medio de la zozobra.

A menos de 100 kilómetros de la Ciudad de México, en el estado de Morelos, es posible ver extensos bocados en la tierra, cráteres que carcomen el paisaje de los que sale la piedra de cantera. Un material que se extrae mediante la eliminación del rastro vegetal y orgánico hasta llegar a una capa que se pica y fractura, se corta y despieza. Una operación que implica un “destierro” literal mientras mina la dureza, a punta de golpe y filo, que está llamada a recibir el impacto de los cuerpos destinados a caer. De allí provienen cientos de placas cuyos tonos dan cuenta de otras épocas, evocan lomos escamados y espinas ondulantes de bestias antiguas. Lascas, esquirlas y fragmentos que se amarran, filos que se asoman, cortes agudos sostenidos en la ingravidez por la plasticidad ortopédica del metal, que a su vez expone la unión como rendija a través de la cual se evidencia ese núcleo vacío, esa médula ausente. Cuerpos suspendidos, planos que irrumpen los límites del espacio contrariando las formas de un mundo euclidiano que ya no corresponde a la realidad o a sus acostumbradas distorsiones.

En una habitación más reducida y concentrada se encuentran mallas de metal retorcido, llenas de delicadeza y potencia, que invitan a pensar en los pasos del funambulista y las volteretas de los acróbatas, en el grito contenido en caso de perder el equilibrio mientras el vidrio, esa cocción de arenas, y sus notas de color certifican su presencia, invierten su dirección y sentido.

Mencionaba el vértigo porque resulta imposible dejar de lado la sorpresa que suscita la cercanía del desplome y su no llegada a término. El peso de la materia se subvierte, se recompone y adopta otra forma que impide la volcadura definitiva, el remesón que quita el aire y provoca la crisis que se anida en el cuerpo y encuentra un correlato evidente en el mundo que nos tocó, por suerte o desgracia, en el cual la incomodidad, la incertidumbre y el abandono se expresan con desgarrador sonido que parece no alcanzamos a oír o entender.

Valentín Ortiz Díaz Arquitecto con estudios en Literatura, Magister en Historia y Teoría del Arte, la Arquitectura y la Ciudad. Magister en Estudios Editoriales, dedicado a la gestión cultural con énfasis en la industria editorial.